Vidrios

Llovió toda la noche en la ciudad.
Canciones de plata diciendo tu nombre en los vidrios de la habitación.
Por la mañana rebaños lechosos paseaban a la lejanía.
Bajamos de la mano.
Desayunamos en la calle.
Entraste corriendo al trabajo.
Los muros y los árboles frescos de lluvia todavía.
Al despertar rebaños lechosos paseaban en tu vientre.
Una migración de ballenas blancas atravesando el mar.
Y los vidrios se llenaron de neblina.
Una neblina que nos separaba del mundo como una fina capa de felicidad.

La primera vez que supe de tu existencia

La primera vez que supe de tu existencia fue cuando vi una de tus fotografías. Estabas retratada con las manos alrededor de tus ojos y pensé que esa mirada era como un meteorito rodeado de pétalos celestes. Y así, como un astrónomo que mira fascinado al cielo sin poder tocarlo, me esmeraba en reunir los pequeños detalles de ti: tus alegrías, tus lágrimas, tus amores. En el fondo quería inscribir una postal con mi nombre en tu vida.

La primera vez que nos vimos y que anduvimos en bicicleta y escuchamos jazz (todavía me sorprende lo maravillosa que fue nuestra primera cita), yo ya te había pensado tanto y tan intensamente que habías aparecido en mis sueños. Quizás creas que estaba obsesionado, y supongo que es cierto porque desde entonces ya sabía que quería entrelazar tus ojos con los míos, tus manos con las mías.

Hemos estado poco tiempo juntos, pero siempre he creído que un amor no se mide en días ni en años, sino en la belleza que surge de las almas. Igual que te dije aquella vez que teníamos a la melancolía y a Peña de Bernal como escenario, solo con verte caminar, solo con verte sonreír, dejas una huella en el mundo. Y con el “mundo” quise decir en “mí” porque con tu amor, mi amor, me has llenado de poesía.

Y a pesar de haber estado tan cerca, hoy te siento tan lejos, y aún así sonrío porque sé que también las cosas que se acaban y las relaciones imposibles son hermosas. Y sigo mirándote aunque estés tan distante, igual que el astrónomo fascinado con el cielo.

πολύ-τροπος

Everything and nothing

Jorge Luis Borges

Nadie hubo en él; detrás de su rostro (que aun a través de las malas pinturas de la época no se parece a ningún otro) y de sus palabras, que eran copiosas, fantásticas y agitadas, no había más que un poco de frío, un sueño no soñado por alguien. Al principio creyó que todas las personas eran como él, pero la extrañeza de un compañero, con el que había empezado a comentar esa vacuidad, le reveló su error y le dejó sentir para siempre, que un individuo no debe diferir de su especie. Alguna vez pensó que en los libros hallaría remedio para su mal y así aprendió el poco latín y menos griego de que hablaría un contemporáneo; después consideró que en el ejercicio de un rito elemental de la humanidad, bien podía estar lo que buscaba y se dejó iniciar por Anne Hathaway, durante una larga siesta de junio. A los veintitantos años fue a Londres. Instintivamente, ya se había adiestrado en el hábito de simular que era alguien, para que no se descubriera su condición de nadie; en Londres encontró la profesión a la que estaba predestinado, la del actor, que en un escenario, juega a ser otro, ante un concurso de personas que juegan a tomarlo por aquel otro. Las tareas histriónicas le enseñaron una felicidad singular, acaso la primera que conoció; pero aclamado el último verso y retirado de la escena el último muerto, el odiado sabor de la irrealidad recaía sobre él. Dejaba de ser Ferrex o Tamerlán y volvía a ser nadie. Acosado, dio en imaginar otros héroes y otras fábulas trágicas. Así, mientras el cuerpo cumplía su destino de cuerpo, en lupanares y tabernas de Londres, el alma que lo habitaba era César, que desoye la admonición del augur, y Julieta, que aborrece a la alondra, y Macbeth, que conversa en el páramo con las brujas que también son las parcas. Nadie fue tantos hombres como aquel hombre, que a semejanza del egipcio Proteo pudo agotar todas las apariencias del ser. A veces, dejó en algún recodo de la obra una confesión, seguro de que no la descifrarían; Ricardo afirma que en su sola persona, hace el papel de muchos, y Yago dice con curiosas palabras no soy lo que soy. La identidad fundamental de existir, soñar y representar le inspiró pasajes famosos.

Veinte años persistió en esa alucinación dirigida, pero una mañana le sobrecogieron el hastío y el horror de ser tantos reyes que mueren por la espada y tantos desdichados amantes que convergen, divergen y melodiosamente agonizan. Aquel mismo día resolvió la venta de su teatro. Antes de una semana había regresado al pueblo natal, donde recuperó los árboles y el río de la niñez y no los vinculó a aquellos otros que había celebrado su musa, ilustres de alusión mitológica y de voces latinas. Tenía que ser alguien; fue un empresario retirado que ha hecho fortuna y a quién le interesan los préstamos, los litigios y la pequeña usura. En ese carácter dictó el árido testamento que conocernos, del que deliberadamente excluyó todo rasgo patético o literario. Solían visitar su retiro amigos de Londres, y él retomaba para ellos el papel de poeta.

La historia agrega que, antes o después de morir, se supo frente a Dios y le dijo: Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo. La voz de Dios le contestó desde un torbellino: Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estabas tú, que como yo eres muchos y nadie.

Ted Chiang – El gran silencio (cuento)

Los humanos usan a Arecibo para buscar inteligencia extraterrestre. Su deseo de hacer una conexión es tan fuerte que han creado un oído capaz de escuchar a través del universo.
Pero yo y mis compañeros loros estamos aquí. ¿Por qué no están interesados en escuchar nuestras voces?
Somos una especie no humana capaz de comunicarnos con ellos. ¿No somos exactamente lo que los humanos están buscando?

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Ursula K. Le Guin – La isla de los inmortales (cuento)

Queen Ursula at Potlatch 16 Portland, OR Photo by Denise Rehse Watson

Alguien me preguntó si había oído de los inmortales del plano Yendian, y alguien más me dijo que sí existían, así que cuando llegué allí, pregunté por ellos. La agente de viajes me mostró a regañadientes un lugar llamado Isla de los Inmortales en su mapa.

-No quieres ir allí -dijo.

-¿No?

-Bueno, es peligroso -añadió, mirándome como si pensara que yo no era del tipo de personas que ama el peligro, y en eso tenía razón. Ella era una agente local bastante tosca, no una empleada del Servicio Interplanar. Yendi no es un destino popular. En muchos sentidos, es tan parecido a nuestro propio plano que parece que no merece la pena visitarlo. Hay diferencias, pero son sutiles.

-¿Por qué se llama la Isla de los Inmortales?

-Porque algunas de las personas allí son inmortales.

-¿No mueren? -pregunté, no muy segura de la precisión de mi tradumático.

-No mueren -dijo con indiferencia-. Por otra parte, el archipiélago de Prinjo es un lugar encantador para disfrutar de dos semanas de tranquilidad. -Su lápiz se movió hacia el sur a través del mapa del Gran Mar de Yendi. Mi mirada permaneció en la gran y solitaria Isla de los Inmortales. La señalé.

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Derrumbes en San José del Pacífico

Mural en las cabañas de San José del Pacífico

San José del Pacífico es un pueblo enclavado en la sierra sur de Oaxaca, México. A diferencia de otros, que resguardan impresionantes iglesias, artesanías o sitios arqueológicos, San José es muy pequeño y podría pasar desapercibido, pero tiene un atractivo que lo hace único e inusual: la sabiduría comunitaria alrededor de los hongos alucinógenos. En esta entrada comparto algunas recomendaciones para encontrar a los mejores guías y un poco de lo que sucedió en mi viaje con los derrumbes. Si eres mexicano o extranjero, tal vez estas palabras te sirvan para planear un viaje. San José está en un sitio estratégico por el que debes pasar para ir de Oaxaca a alguna playa como Huatulco, Mazunte o Zipolite. Visitrarlo seguramente enriquecerá tu experiencia.

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