Anotaciones para ir a la deriva.

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Fotografía: sitio de Preludios en Facebook

Ensayo sobre Preludios: las otras partituras de dios (2012), de Rafael Rangel.

La locura está en todas partes. Está ahí al encender la televisión y ver a comediantes fingiéndose locos y a locos explotados por “comediantes”. En la calle, pues atraen la mirada los que están rodeados de perros, los que vagan o deliran, los que ahí viven. Incluso la locura está en nosotros mismos: afirmar “es que estoy loco” es sinónimo de originalidad e individualidad.

Sin embargo, la locura, la verdadera locura y no sus reflejos, es imposible de transmitir con palabras. La Razón que organiza, escrutina y escribe puede ver a la locura sólo desde lejos. Internarse en ella es comenzar a experimentar pero dejar de entender, es sumergirse en las aguas de lo misterioso y lo incomunicable. Por eso, o no sabemos nada de la locura o estamos locos sin saberlo.

Me parece que a este problema se enfrentó Rafael Rangel, el director de Preludios. Un documental tradicional podría perfectamente aportar estadísticas, opiniones expertas, números y gráficas. Y sería sumamente práctico para ciertos propósitos como hacer “toma de conciencia” o informar. Sin embargo, Rangel rechaza mirar la locura desde la orilla, e igual que Odiseo se interna en el mar.

Y es que en el fondo, la “objetividad” no es sino un estilo más, uno que se vale de distancia y de números, pero que no necesariamente transmite con fidelidad prístina la realidad. En cambio, para este tema excéntrico, Rangel adopta una mirada y una técnica igualmente excéntricas que le permiten profundizar. Su mirada no sólo registra sino que interviene. Pero esta relación subjetiva e íntima que entabla con sus sujetos no es sinónimo de distorsión. Igual que un buen conversador, sabe entender al otro y logra abrirnos su esencia. De lo contrario sólo tendríamos silencio o una mirada morbosa, llena de fascinación pero sin congeniar.

(Este enfrentamiento entre la mirada subjetiva y objetiva es el mismo que se ha dado en el periodismo, donde el cronista ha demostrado su importancia frente al reportero)

Uno de los grandes aciertos de Rangel es que en la era del HD y el 4K, opta por la cámara más barata que pudo encontrar en Wallmart. No hay grandes lentes, tripiés, grúas o estabilizadores. Las tomas se hacen a mano. Esto implica ya una declaración de principios; en palabras del director, equivale a “igualarse con ellos”. La sencillez le permite crear una estética que elimina los adornos para dar paso a la verdad llena de ruido, de manchas y de una oscuridad insalvable que, sin embargo, echan luz sobre el brillo, la sordidez y la indeterminación de la locura.

La igualación con los sujetos no sólo se lleva a cabo a un nivel técnico, sino a uno personal. Como ya se ha dicho, Rangel rompe con la mirada lejana y morbosa que normalmente se lanza a los locos. El director tiene una inmensa habilidad para intimar con ellos como si se tratara de viejos amigos. En su búsqueda de cercanía, la cámara se sienta a platicar en la banqueta, se sube a cantar al micro, avanza entre las calles abarrotadas del Centro Histórico, los sigue hasta su casa, come y duerme con ellos. Señala Foucualt que el loco es un ser divino y por eso mismo es visto con reservas, tan admirado como excluido. Pero en este documental vemos al loco en cada uno de sus rituales cotidianos con una mirada que rompe el cerco de la exclusión, que los humaniza al permitir que, a pesar de todas la diferencias, logremos verlos como nuestros semejantes.

Otro de sus grandes aciertos es que su concepción amplia de la locura. En la película caben todas las clases de locos. Están aquellos que, mudos, sólo nos devuelven una mirada angustiosa. Está Chava, “el crucificador”, que, como la loca en el cuento de Piglia, parece obligado a decir una letanía entre temerosa y amenazante, que le permite soltar sólo de vez en cuando lo que verdaderamente quiere decir. Watt es un artista callejero que declama sus poemas en el metro que corre sobre Tlalpan; y denuncia: “No somos humanos, somos recursos humanos”. Y un psicólogo y músico titulado que vende piratería y quiere difundir la cultura es también también un loco por haber rechazado la forma de vida normal; también es un filósofo que afirma: “Sólo un uno por ciento son clínicamente locos, a los demás los ha orillado la sociedad”. Por su parte, Plutarco Elías Calles mezcla relatos como en una licuadora poética. Cuando pasan dos muchachas, él interrumpe su interpretación de una pieza clásica para hacer un “chiflido” con su violín. Las muchachas se ríen halagadas y él entre carcajadas dice “Hasta se me olvidó Stravinski”. Este personaje, hijo de Gandhi y de Porfirio Díaz y padre de todos los mexicanos, cautiva con su discurso de una belleza delirante, digno de la mejor gregería de Gómez de la Serna. Posee algo que nosotros hemos perdido: es habitante de un recinto de felicidad sin fronteras que levita sobre nuestra realidad.

En la anterior enumeración queda claro que Rangel no se limita a retratar sujetos que encajen con las actuales definiciones clínicas de locura, es decir, la esquizofrenia, la paranoia, etc. La locura no es un continuo universal, sino que es el otro lado de la razón, y como el día y la noche, van intercambiando posiciones, ganándose terreno una a la otra. Y es que loco no es solamente el que tiene una enfermedad mental, locos son los que toman decisiones irracionales, los diferentes, los que no pueden ser soportados (en algún tiempo los homosexuales eran encerrados en manicomios franceses), loco es el artista, el incomprendido e incomprensible. El Quijote, que quería hacer justicia, estaba loco. Esta película no es una reflexión médica sobre la locura, sino filosófica. Nos muestra que el límite entre el delirio y la razón es un equilibrista que está malo del oído.

El documental no está filmado bajo la protección de un techo, ya sea el de una institución mental o una casa, sino en el ardiente caos callejero. La calle es un catalizador porque en este sitio todos los padecimientos se agudizan y todas las historias se cruzan. Para algunos de estos locos es el hogar desgastante donde se ven obligados a sobrevivir. Pero, para otros, también es el sitio natural donde pueden expresar esa libertad y creatividad de la que gozan. La calle se convierte en el sitio de encuentro con la sociedad moderna sin intermediario. La calle sintetiza la indiferencia salvaje, la soledad cruenta y la libertad total.

Con una secuencia no narrativa, sino que más bien se asemeja a un viaje (el viaje a la deriva de los locos), esta película nos transmite una belleza insospechada. Y es que todos los locos se revelan dueños de lo artístico. Ya sea que hablen como poetas o profetas, que toquen música o dibujen, nos recuerdan que el arte es lo que rompe la norma. Igual que la locura. Rangel logra plasmar esto con escenas del mágico cotidiano, como el pausado ascenso por la escalera que parece infinita; el músico entre la inmensidad de puentes y segundos pisos, donde se ve minimizado y solitario; la comunión de los gemidos callados de la masturbación al amanecer; el misticismo de las escenas en silencio; la calma del foco que se apaga mientras se ilumina la consciencia. El documental nos revela todo esto que es imposible de ver. Con una mirada cercana, Rangel nos permite traspasar la superficie del agua. Y los locos nos dan un atisbo de aquello que nos está vedado.

 

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