El matrimonio no es natural

La idea de lo natural es una de las más arraigadas en Occidente. Ha sido vista como un estado originario y, por lo tanto, de orden perfecto y armonioso equilibrio. Muchos filósofos y pensadores han recurrido a ella para justificar sus razonamientos, pero basta echar un vistazo a sus teorías para darnos cuenta que lo que es natural y obvio para unos, puede ser abominable para otros. Por ejemplo, para Aristóteles, que vivió en un sistema de producción esclavista que le permitió filosofar, la esclavitud era natural.

1914_matrimonio-igualitario_620x350

En realidad, lo natural no tiene nada que ver con la naturaleza. Más bien es aquello que una persona concibe como el estado ideal de las cosas, como el “deber ser” del universo, y que está en estrecha relación con su sistema de creencias. Cuando leemos en las noticias que el Fente Nacional por la Familia aboga por lo que llama “el matrimonio natural” (aquel que sólo puede estar formado por un hombre y una mujer), debemos entender que lo que defienden, en realidad, es su particular concepción del mundo, concepción, por cierto, totalmente discriminatoria y homofóbica. Y aunque algunos se empeñen en afirmar que la religión católica no es discriminatoria, sí que lo es (aunque es necesario reconocer que dentro de la Iglesia hay movimientos progresistas). Ahí está lo que dice la Biblia sobre los homosexuales para comprobarlo: “ambos han de ser muertos; sobre ellos será su sangre” (Levítico 20.13). Esto no es de extrañar de un sistema de creencias que aborrece la menstruación o que considera impuros a casi todos los animales de la creación, como camellos, conejos, gaviotas, búhos y serpientes, entre muchos otros. Vaya, que si se ponen estrictos, la barbacoa (del cordero de dios) está permitida, pero las carnitas (de los cerdos con pezuña hendida) no. Y a mí me gusta comer de todo.

El Frente Nacional por la Familia alega que el objetivo del matrimonio es la concepción y la crianza de los hijos. Pero si esto fuera cierto podríamos inferir que las parejas que no han concebido, ya sea por decisión o porque son estériles, son de segunda categoría. O que los niños nacidos fuera del matrimonio son despreciables. Pero afortunadamente esto no tiene por qué ser así y los seres humanos podemos realizarnos de muchas formas, ya sea solos o en pareja. Ni el útero es una máquina de producción de bebés ni el matrimonio implica sólo hijos. Conlleva todo un marco de derechos al que toda pareja debería poder acceder, como compartir la seguridad social, heredar en caso de fallecimiento o el poder de realizar decisiones médicas que sólo pueden tomar los familiares o los cónyuges.

En fin, que la defensa del “matrimonio natural” es una falacia. Y para colmo de ironías, como escribe Eduardo Galeano en “Los hijos de los días”, han sido documentadas relaciones homosexuales en delfines, koalas, bisontes, mariposas y muchos otros animales. Antinaturales todos ellos, según los estándares del Frente Nacional por la Familia. Sobre ellos sea su sangre. O no, es preferible la tolerancia.

Muchos católicos se han alzado contra el matrimonio igualitario como si esta ley los obligara a ser homosexuales. Se olvidan de que en una democracia laica pueden seguir practicando sus creencias, pero que si alguien más no las comparte es libre de hacer, sin vulnerar a terceros, lo que se le venga en gana ¡Y amén! Porque hasta San Agustín anduvo de puto, aunque luego se arrepintiera.

Deja un comentario