Hombres necios

Autora: Valeria Camacho

Nos conocimos en una conferencia de Ciencia. Yo estaba preparando mi ponencia sobre los experimentos de agricultura que realizaban mis alumnos con tierra traída de Marte. Uno de los robots del laboratorio había conseguido muestras suficientes y trabajábamos en ello. Una cosa había quedado clara: sí podía crecer vida en suelo marciano.

Cuando tocó mi turno me sentí nerviosa. Subí al estrado, coloqué la USB en la laptop y me dispuse a hablar. Comenté que, de acuerdo con las fotografías que se habían tomado, no incidían los rayos solares como lo hacían en la Tierra. Nuestra propuesta era llevar un panel que captara esa poca radiación y así lograr que nuestras semillas germinaran.

Una mano se levantó al fondo del auditorio. Un hombre delgado y con cara estupefacta me miraba inquisidoramente.

– Sí, ¿dígame?

–¿De verdad es posible que germinen? Entiendo su procedimiento de hacer incidir los rayos y la fotosíntesis y lo que quiera, pero ¿hay ríos o llueve? ¿Cómo crecerán las semillas?

– Hay agua. El robot hizo unas excavaciones y un pozo subterráneo de agua con características similares a las de la Tierra corre por Marte. Podemos utilizarla.

– Ya veo. Parece algo imposible. Tan lejano…

Proseguí con la charla. Mostré fotografías que las plántulas y su rápido crecimiento. Era increíble la manera en que se desarrollaban. No requerían de tanta agua y eso que habíamos elegido semillas que consumían bastante: queríamos agotar todos los recursos y las posibilidades. Cuando terminé agradecí con un gesto y bajé. Algunas personas se me acercaron y preguntaron sobre futuros proyectos, crear colonias ‘verdes’ y demás. Resultaron interesantes, otras demasiado absurdas.

El hombre observaba desde su asiento. Me hizo un gesto y yo asentí. Un punto medio. Caminé y le dije que por qué no creía del todo en mis experimentos. Él no era agroecologista con especialidad en astrofísica, se veía más bien como un administrador, -si hubiera llevado traje juraría que era abogado-. Además, ¿qué hacía alguien así en un evento de Ciencia? ¿Sería otro aficionado a las historias futuristas?

– Me llamo Eduardo. Y no, no es que no crea, es que yo vi en sus fotografías y su rostro que algo le preocupa. No quiso decirlo seguramente para no alarmar al público pero pasa algo. ¿Qué es?

– Es usted muy observador, para ser… ¿ammm?

– Doctor en literatura medieval.

– Bien, qué extraño.

– Sí, me lo han dicho  – levantó la ceja–  Entonces ¿me dirá o no?

– Se lo diré. Las semillas normalmente tardan en germinar de 7 a 12 días. Y en condiciones adecuadas para dar frutos es más tardado. Estas semillas tienen las características de una planta de 20 a 35 días. Y las plantamos hace dos días, ¿entiende?

– ¿Eso no podría servirle al mundo? Vamos, que planten semillas en la tierra marciana, robarla de allá y que crezcan en poco tiempo. No habría escasez de alimentos…

– Esa es una buena opción pero no, doctor. Las plantas no son normales. Toman propiedades de la tierra, minerales y aunque hemos variado las condiciones parecen ser resistentes.

Uno de mis alumnos nos interrumpió en este punto para decirme que la planta de trigo había duplicado su tamaño en tan solo dos horas. “Maldita sea” pensé.

– ¿Puedo ayudarle en algo?- dijo el doctor Eduardo.

– No lo sé. Usted no ha estudiado a las plantas, ¿tiene conocimientos de agricultura o uso del suelo? – lo miré fijamente.

– No. Pero quiero ver, quiero saber.

– ¡Ahhh!  –suspiré–  Síganme.

Salimos de manera calmada, tratando de pasar desapercibidos entre el público que ya se aglomeraba ante otro ingeniero: traía unos humanoides. A las personas les emociona verse convertidas en metal y tratar de convivir con esos seres, así que no fue difícil la huida.

Al llegar a mi laboratorio, que se encontraba a unos quinientos metros del auditorio, pudimos observar algo que nadie jamás habría pensado… Mi alumno, el doctor Eduardo y yo levantamos la vista lo más que pudimos y soltamos un hondo suspiro. Era el fin. No debimos traer tierra de Marte. No debimos….

– Valeria, ¿ya terminaste el análisis?

– ¿Qué? ¿Cuál análisis? – dije levantando mi cara del cuaderno.

– El del poema de Sor Juana, ¿qué no estás poniendo atención a la clase?

– Sí, perdóneme. ¿Quiere que lo lea primero?

–Por favor  – dijo en tono molesto el profesor.

–Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis…

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