Derrumbes en San José del Pacífico

Mural en las cabañas de San José del Pacífico

San José del Pacífico es un pueblo enclavado en la sierra sur de Oaxaca, México. A diferencia de otros, que resguardan impresionantes iglesias, artesanías o sitios arqueológicos, San José es muy pequeño y podría pasar desapercibido, pero tiene un atractivo que lo hace único e inusual: la sabiduría comunitaria alrededor de los hongos alucinógenos. En esta entrada comparto algunas recomendaciones para encontrar a los mejores guías y un poco de lo que sucedió en mi viaje con los derrumbes. Si eres mexicano o extranjero, tal vez estas palabras te sirvan para planear un viaje. San José está en un sitio estratégico por el que debes pasar para ir de Oaxaca a alguna playa como Huatulco, Mazunte o Zipolite. Visitrarlo seguramente enriquecerá tu experiencia.

Cómo llegar a San José del Pacífico

Se puede ir en auto por la Carretera Federal 175 Oaxaca-Huatulco. Desde la capital de Oaxaca hasta allá se hacen, dependiendo de la velocidad de conducción, entre tres y cuatro horas. Y prepárate porque casi la mitad de ese camino es de tantas curvas que hasta dan náuseas.

Vas a reconocer que estás entrando a San José porque al pie de la carretera hay anuncios de temazcales, cabañas y esculturas de hongos gigantes hechas de madera. Como dije antes, se trata de un pueblo muy pequeño que se puede atravesar en auto en menos de diez minutos, así que no te molestes en buscar la iglesia, el palacio de gobierno o el mercado. Lo más importante está al pie de la carretera: artesanías hechas de lana, comida (hay muchas opciones veganas) e incluso una galería de arte.

Honguitos tejidos

Cuándo ir

En los meses de junio, julio, agosto y septiembre se pueden encontrar los hongos frescos, mientras que en los meses siguientes se pueden hallar en té, y tienen el mismo efecto. Ivette y yo fuimos a finales de diciembre y los encontramos sin problemas, aunque he leído reseñas de viajeros que fueron en marzo y ya no encontraron nada. Así que recomiendo evitar ir en los meses anteriores a la temporada de lluvias.

Datos para tomar en cuenta

Mural en San José del Pacífico

  • Costo de la cabaña con dos camas matrimoniales y baño compartido: 200.
  • Costo de la dosis de té de derrumbes: 300.
  • Cómo encontrar a doña Ofelia y su marido: en la entrada del pueblo, hay una pequeña rampa a la derecha de la carretera. Al final de esa rampa se puede encontrar el Restaurant pacífico. Ahí pueden preguntar por doña Ofelia, que prepara los hongos en té, y por su esposo, que es un guía espiritual.
  • El viaje dura aproximadamente 5 horas y se recomienda hacerlo de día, en ayunas y con un guía.

La de arriba es la información esencial para planificar tu viaje. Abajo puedes encontrar una narración más precisa de lo que puedes encontrar en san José del Pacífico y mi experiencia con los derrumbes.

Encontrar un guía

Si crees que vas ir por el campo comiéndote todos los hongos que te encuentres, estás muy equivocado. Además de que hacer esto puede ser peligroso porque hay algunas variedades venenosas, no lo recomiendo porque un viaje con hongos puede llegar a ser una verdadera tortura y es mejor contar con el apoyo de un guía, aunque no es fácil encontrarlo.

Hongos conservados en miel

Ivette y yo preguntamos en las cabañas que estaban antes de llegar al pueblo, sin embargo nadie nos supo dar razón de los hongos. Ya en la entrada de San José nos hospedamos en las cabañas Buena vista. Y la verdad es que la vista fue realmente increíble. Frente a nosotros se extendían los cerros como serpientes de tierra que subían y bajaban hasta el horizonte. Desgraciadamente, los hongos conservados en miel que compramos con la dueña fueron una estafa. Esa noche lo más que pude ver fueron unos puntos rojos, pero no supe si eran por alucinación o por el coraje. Esa noche tiramos a la basura 600 pesos porque cada dosis nos costó 300. Al parecer, muchas personas que no saben cómo preparar los hongos se aprovechan de los turistas incautos.

Restaurant Pacífico

Al siguiente día, a unos pasos de donde nos habíamos hospedado, entramos a desayunar al Restaurant Pacífico. Ahí, hablando por teléfono y cuidando a un bebé, estaba doña Ofelia, una señora morena y entrada en años que me dio mucha confianza y me pareció una tía consentidora y bonachona. Ella nos platicó que existen tres tipos de hongos: los pajaritos (Psilocybe Mexicana), los derrumbes (Psilocybe caerulescens) y los maestros. En la región también se da el amanita muscaria, ese famoso hongo con un sombrerillo de color rojo brillante y punto blancos, sin embargo no se consume en San José porque lo consideran venenoso. En efecto, produce alucinaciones pero también vómitos. También nos comentó que los derrumbes son amigables, o sea que no te va a pasar nada malo si los consumes, incluso con cierta frecuencia. Doña Ofelia prepara estos hongos en té y nos dijo que lo mejor es consumirlos de día.

Ivette y yo tuvimos que esperar para que el desayuno se nos bajara, pues de preferencia hay que tomarlos con el estómago vacío. Después de unas tres horas fuimos de nuevo al restaurante y tomamos una mesa. Estábamos platicando tranquilamente y le pedimos a doña Ofelia un té. Después de unos 20 minutos, ella volvió a acercarse para preguntarnos cómo nos sentíamos. Recuerdo su sonrisa alegre y cómplice cuando le dijimos que algo mareados, y entonces nos dijo “ahora sí, váyanse a caminar al monte para que estén tranquilos”. Eran aproximadamente las tres de la tarde.

El viaje

Hay un mundo más allá del nuestro, un mundo invisible, lejano pero también cercano. Allí vive Dios, viven los muertos, los espíritus y los santos; es un mundo donde todo ha sucedido y todo se sabe. Ese mundo habla, tiene un lenguaje propio. Yo repito lo que me dice. Los hongos sagrados me llevan y me traen al mundo donde todo se sabe. Son ellos, los hongos sagrados los que hablan de una forma que yo puedo entender. Yo les pregunto y ellos me responden. Cuando regreso del viaje, digo lo que ellos me han dicho, me han mostrado.

María Sabina

Más allá del restaurante y de las cabañas, se extendía un caminito de tierra que no paraba de bajar. Más tarde pensé que ese descenso era como llegar a lo más profundo del alma, como irse despojando de la consciencia para encontrarse con el derrumbe.

En las primeras vueltas del camino todavía había casas y la gente nos echaba esa risita de “ya sé que se echaron sus honguitos”. Todos ahí parecen conocerlos y saber cuáles son sus efectos. Más adelante un chavo nos dijo “lleven una botella de agua porque su viaje va empezando pero más adelante se las va a pedir”. Es, como dije antes, una sabiduría comunitaria, algo que se va a aprendiendo a través de las generaciones y del uso constante: dónde cosechar los hongos, cómo prepararlos, saber administrar la dosis,  a qué hora del día comerlos, por dónde caminar cuando vas en el viaje y qué vas a necesitar.

Ivette y yo seguimos bajando y bajando. Yo solo tenía ganas de acostarme en las vueltas del camino donde había sol y se veía el paisaje. Me acostaba en la tierra y cerraba los ojos y entonces la ultima imagen que había visto comenzaba a romperse, a multiplicarse, a llenarse de colores brillantes y patrones geométricos. Desde el principio para mí fue un viaje placentero, pero Ivette ya comenzaba a preocuparse. Decía que nos regresáramos, que no fuéramos a hacer una tontería, y cuando pasaba la gente ella fingía que nada más estaba sacando fotos.

Y yo tirado en el suelo.

Después de un rato, cuando ya comenzaba a oscurecer, nos fuimos para la cabaña. Yo me acosté en la cama y seguí con mi placentero viaje y mirando por la ventana cómo las sombras se hacían cada vez más largas. Pero el viaje de Ivette iba empeorando. Se retorcía en la cama, apretaba las almohadas y lloraba hasta que llegó el momento en que me dijo “háblale a la señora porque necesito ayuda”. Yo todavía quería creer que no pasaba nada malo, recordaba las palabras de Ofelia diciéndome que eran seguros, pero la expresión en la cara de Ivette era tal que comencé a sentir miedo de perderla. Junté las fuerzas que pude, me levanté y abrí la puerta de la cabaña. Entonces vi el atardecer más increíble de toda mi vida. Había un sol gigantesco rodeado de tiras de nubes blancas. No sé cómo describir los colores porque eran los mismos que conocemos, pero parecían irreales. Como si todo estuviera ardiendo, como si las nubes palpitaran y el sol hirviera en colores y reflejos. Pensé que las pinturas de Monet o de Turner eran apenas un bosquejo de lo que yo veía.

Turner – Puesta de sol sobre un lago

Llamé a Ivette para que viera la puesta del sol y recuerdo su cara de asombro. Pensé que iba a tranquilizarse con algo tan hermoso, pero ella seguía llorando. Busqué a Ofelia en su cuarto y no estaba así que subí al restaurante. Tampoco la encontré ahí, pero los comensales me miraban preocupados. Por la ventana, vi pasar a Ivette corriendo hacia la calle. Entonces, como salido de la nada, llegó alguien que jamás habíamos visto, el esposo de la señora Ofelia, el guía, un hombre mayor que tenía una sonrisa y unas canas bondadosas. Miró a Ivette de frente y le habló con la voz más pacífica y tranquilizadora que jamás haya escuchado. Le dijo que el derrumbe nos muestra lo que tenemos dentro, que eso que ella estaba sintiendo eran sus propios miedos, que el hongo le estaba mostrando lo que necesitaba cambiar y enfrentar de ella misma. Mientras ellos hablaban, yo miraba la luna que se elevaba sobre un árbol cuyas ramas verdes se movían como lenguas de lumbre.

Ya era de noche cuando Ivette y yo regresamos a la cabaña. Recuerdo cuando se acostó en la almohada y su expresión sonriente cuando me dijo “ya lo estoy disfrutando”. Comenzamos a hablar, pero era como si nos dijéramos un poema de vanguardia con frases entrecortadas y palabras inauditas. Sin embargo, todo lo que nos dijimos estaba lleno de sentido, eran como gotas de agua que caían en algún sitio profundo de mi alma, que goteaban y hacían olas en un lago oculto en mi interior. La última parte del viaje fue la más reflexiva, la que me hizo pensar sobre mí mismo y mi vida.

Al día siguiente desayunamos de nuevo en el Restaurant Pacífico. Ahí estaban Ofelia y su marido tomándose un cafecito. En la superficie, todo era como el día anterior, pero en el fondo Ivette y yo habíamos cambiado. El guía se acercó a nosotros y nos dijo que el hongo nos muestra lo que debemos cambiar, y si la siguiente vez que lo comes no lo has hecho: “te da una regañada que te va peor”. Mientras comíamos unos hotcakes plácidamente, pensé que, en el mismo restaurante, tan sólo unas horas antes había sentido el terror de perder a Ivette, pero todo había cambiado. Afuera se veía un águila volando sobre los infinitos cerros de la sierra sur de Oaxaca.

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