La primera vez que supe de tu existencia

La primera vez que supe de tu existencia fue cuando vi una de tus fotografías. Estabas retratada con las manos alrededor de tus ojos y pensé que esa mirada era como un meteorito rodeado de pétalos celestes. Y así, como un astrónomo que mira fascinado al cielo sin poder tocarlo, me esmeraba en reunir los pequeños detalles de ti: tus alegrías, tus lágrimas, tus amores. En el fondo quería inscribir una postal con mi nombre en tu vida.

La primera vez que nos vimos y que anduvimos en bicicleta y escuchamos jazz (todavía me sorprende lo maravillosa que fue nuestra primera cita), yo ya te había pensado tanto y tan intensamente que habías aparecido en mis sueños. Quizás creas que estaba obsesionado, y supongo que es cierto porque desde entonces ya sabía que quería entrelazar tus ojos con los míos, tus manos con las mías.

Hemos estado poco tiempo juntos, pero siempre he creído que un amor no se mide en días ni en años, sino en la belleza que surge de las almas. Igual que te dije aquella vez que teníamos a la melancolía y a Peña de Bernal como escenario, solo con verte caminar, solo con verte sonreír, dejas una huella en el mundo. Y con el “mundo” quise decir en “mí” porque con tu amor, mi amor, me has llenado de poesía.

Y a pesar de haber estado tan cerca, hoy te siento tan lejos, y aún así sonrío porque sé que también las cosas que se acaban y las relaciones imposibles son hermosas. Y sigo mirándote aunque estés tan distante, igual que el astrónomo fascinado con el cielo.

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