Atreverse a sanar

Había botellas de cerveza, una bolsa con germen de trigo, un arnés de escalada lleno de sudor, un pollito plástico con un foquito… Cuando ella se fue, me puse a limpiar mi habitación como si fuera un robot. No sabía muy bien lo que estaba haciendo, solo que lo hacía bajo la influencia de la desesperación y el dolor, y que tal vez, al sacar las cosas arruinadas e inservibles, podría desterrarla a ella también. Esos tristes objetos eran las partes sobrevivientes y destrozadas de varios proyectos que emprendí y un recordatorio silencioso de los fracasos y las esperanzas partidas por la mitad.

También había un par de pedales viejos de mi bicicleta. Hace tiempo que no salía a entrenar porque la desazón de estar con ella, con ese agujero negro, me dejaba emocional y físicamente agotado. Esos pedales, casi nuevos, podrían servirle a alguien más, y entonces recordé ese nombre esperpéntico y que sonaba a programa gringo “Enchúlame la bici”.

Siempre me sentí cobarde porque al parecer todo el mundo salía a rodar en bicicleta por la ciudad. Mientras tanto, yo rodaba en el Autódromo, en el Desierto de los Leones o en los deportivos con mi traje ajustado y de “putito”, como me decían. Así que esa tarde tomé la decisión de meterme entre los carros y aguantar su humo tóxico, de ganarle el carril a los microbuses, de cruzar vías rápidas y subir pasos a desnivel. ¿Era peligroso? Sí ¿Estaba rompiendo un putamadral de reglas de tránsito? Sí y me valió madres porque mientras rodaba sentía fluir en mi interior un río caudaloso o una manada de animales salvajes. Todavía tenía marcadas las palabras de mi tía cuando me compré la bicicleta: “pero sólo vas a dar la vuelta a la cuadra”. Y yo me ofendí y dije que no, pero era más o menos lo que hacía. Así que ahora, con ese inmenso río de placer en mi interior, me estaba liberando de ese mí mismo lleno de miedos que tanto odiaba.

Una semana antes, me fui de viaje a Chiapas y entre las calles llenas de grafitis me encontré la frase “Atreverse a sanar”. La vida es más o menos una mierda y con el tiempo uno se va haciendo amargado, miserable, cínico. Al ver ese grafiti, me di cuenta que es un verdadero acto de valentía volver a reír y a amar. Y así me sentía en ese momento, con mi corazón atravesando la ciudad como una ráfaga y mis piernas ardiendo, yendo a conocer gente nueva y cargando con esperanza esos pedales que tanto tiempo estuvieron olvidados en mi habitación y que ahora podrían renacer en la bicicleta de alguien que no conocería pero que iba a sonreír.

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