Qué es Enchúlame la bici: mis primeros días

No encontraba dónde estaba la entrada y la descripción en el sitio web no era muy clara: “Lago Trasimeno sin número”. Llamé por teléfono y me dijeron: “está adentro del Deportivo Pavón y ahorita está ahí Checo”. El problema era que una entrada del Deportivo Pavón estaba cerrada y en la otra no me dejaban entrar en bici, una tragedia para un lugar que alberga dentro un taller comunitario de bicicletas. No fue fácil descubrir que había que tocar muy fuerte en el enorme portón del estacionamiento para que el policía dormido te dejara entrar con desconfianza.

En Enchúlame la bici, yo esperaba encontrarme con Checo, pero solamente estaba Chalo, un chico de 27 años que, gracias al oficio de mecánico ciclista y a una gran fuerza de voluntad, ya no vivía en las calles y había dejado las drogas. Yo quería aprender mecánica, así que ese día comencé como chalán, chalán de Chalo, y lo hice desde abajo, parchando cámaras de llantas. Yo me afanaba con esas tristes cámaras que tenían más agujeros que calcetines viejos. Esa labor sencilla de analizar, descartar o reparar era lo que también tenía que hacer con mi vida y con mis sentimientos. Y mientras tanto, Chalo tenía a todo volumen sus rolas de rock urbano, con letras que me parecían salvajes, violentas y embriagantes:

19 de noviembre
Pancho nunca lo olvidará
San Juanico estaba en llamas
y en su hogar explotaba el sexo
su mujer lo engañaba
con el arrendador de impuestos
día y noche se burlaban
se entregaban a su pasión
ese día de la explosión
de madrugada llegó a su cantón
y encontró que la quemazón
era en su cama a todo color
él armó mucho mitote
pero su vieja lo controló
después pistola en mano
al pobre pancho a la China mandó

Yo acababa de terminar una relación con una alcohólica y esas historias de vicios poéticos y soledad descarnada me llegaban profundamente:

La conocí
en estado de ebriedad
y yo le dije así
vamos a caminar
al río de la Luna
te llevaré a un lugar
que está allá junto al mar.
[…]
Ella me dijo
yo a ti yo te quiero
nunca tú cambies
y así seguiremos
[…]
un cuarto para los dos
yo lo pedí,
y al cuarto para las dos
yo la perdí.

Había algo liberador en dejarme guiar por Chalo. En ese momento él estaba siendo un doble maestro, en la mecánica y en la música, en mis manos y en mis emociones. Un maestro que había vivido en las calles y por eso mismo era humilde y feroz. Más tarde, estaba desengrasando con thinner el eje trasero de una bicicleta y Chalo me dijo: “No te lo vayas a tomar, eh, porque hace daño”. Sabía que, viniendo de Chalo, esas palabras resumían con humor macabro su vida con las drogas. Sabía que me estaba haciendo una broma, así que intenté reírme, reírme lo más natural que pude, pero no supe qué más responder.

Y así seguí toda la tarde con ese trabajo manual y terapéutico de soldar tuercas, engrasar balines y darle amor al eje trasero (sin albur).

Enchúlame la bici es un taller comunitario enclavado en una zona marginada, en la colonia Pensil. Con las donaciones que reciben, arman bicicletas para regalarlas a niños de bajos recursos. Los adolescentes pueden ir, trabajar y ganarse su bici a cambio de su trabajo. Después de siete años, el taller estaba dando un giro, y los niños y jóvenes de la calle estaban yendo a aprender el oficio de mecánico de bicicletas y eso les permitía dejar las drogas y salir de la calle. Ese era el caso de Chalo.

Checo, quien inició el proyecto, me contó que su camino ha estado lleno de frustración y decepciones. Las personas a las que ayuda ahora hablan mal de él o incluso han llegado a robarle. Un aprendiz recayó en las drogas y a otro lo atropellaron y murió. Checo me habla con una voz tranquila, desengañada y llena de luz. Me dice que las recompensas son muy pocas pero valen la pena. Y yo pienso en Chalo, que con candidez me advirtió que no bebiera el thinner, en Chalo, mi feroz y humilde maestro.

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