De People for bikes a Enchúlame la bici

Eje delantero de una bici en servicio

Mi experiencia con la bicicleta había sido elitista hasta que entré en el mundo de Enchúlame la bici. Antes iba a la tienda y al taller de People for bikes, que tiene sucursales en colonias como Polanco, Santa fe, Coyoacán. Entrar allí es un experiencia religiosa, con esas luces bajas que dejan sólo entrever las bicicletas, como si fueran dioses intocables. Con precios que pueden superar los 200 mil pesos, son, para la mayoría, intocables o incluso obscenas. Sin embargo, cada vez que voy, escucho conversaciones del tipo:

-Me llevo la de carbono de 50 mil, pero ¿tendrás en color rojo?

-En color rojo cuesta 60 mil.

-Genial! ¿Me la puedes conseguir para hoy en la tarde?

Lo dicen con más naturalidad que yo cuando pido que me cambien un taco de frijoles por uno de chicharrón.

People for Bikes Coyoacán

En el taller de Enchúlame la bici las cosas son muy diferentes. Los mecánicos íbamos al comedor comunitario donde, por diez pesos, nos daban dos tacos dorados, sopa, arroz, frijoles y toda el agua que quisiéramos. Nada que ver con las comidas de carbohidratos lentos y de salmón (o de alguna otra proteína de alta calidad) que hacen quienes entrenan en PFB. Las conversaciones en Polanco giran en torno a los rodamientos de cerámica o a los componentes aerodinámicos de más de 15 mil pesos que servirían para ganar algunos segundos en la próxima competencia. En Enchúlame, en cambio, era común que llegara un señor al que se le hacía caro un sprocket nuevo de 100 pesos, pero se iba feliz con uno usado de 40. Otro iba a preguntar cuánto costaba un trabajo de pintura y un servicio, y regresaba a diario para regatear. A otro se le hacía caro un asiento usado de 20 pesos.

Una vez llegó un señor con toda su familia y una bicicleta usada que le compró a su hija para que se fuera al CCH, y que no tenía frenos y cuya llanta trasera estaba a punto de salirse de su eje.

-Le recomiendo un servicio urgente de 400 pesos.

-¿Y cuánto es lo menos para que salga rodando?

Mientras que en PFB había exuberancia con tal de lograr una mínima mejoría, aquí se buscaba la funcionalidad máxima con el gasto mínimo. En Enchúlame, era una cuestión de supervivencia: trabajar o transportarse en una bicicleta que simple y sencillamente debe ser capaz de rodar. Salir rodando y ganarse la vida y nada más. Enchúlame estaba lleno de cajas con de piezas averiadas a las que se les daba un nuevo uso en otras bicicletas. Con un acto de ingenio y amor, se reúsan para que otros trabajen, vayan a la escuela o sobrevivan. Reciclar era una labor, no sólo ecológica o económica, sino también social.

En el fondo sentía que lo mismo pasaba con las personas que estaba conociendo poco a poco. El franelero que lavaba coches para reparar su bici; el joven de 15 años que moneaba en calle y se sentía muy vergas; los hombres que en el comedor comunitario hablaban sobre las violaciones en los reclusorios. Muchos pensarán que todas esas personas estarían mejor en la basura, igual que piezas descompuestas. Afortunadamente, ahí estaban esos proyectos que buscaban darles una oportunidad nueva a todos ellos, como el comedor comunitario o Enchúlame la bici.

No quiero hacer aquí un desprecio de corte y alabanza de aldea. No estoy hablando mal de PFB con sus talleres que parecen quirófanos y sus bicicletas de materiales aeroespaciales. Al contrario, pienso que estos dos extremos, PFB y Enchúlame a bici, pueden transformarse uno en el otro y que deben voltear a mirarse con más frecuencia. Pienso en Geane Obree que destrozó el récord de la hora en 1993 y lo hizo con una bicicleta que construyó él mismo con partes recicladas de una lavadora. Logró el mayor rendimiento del mundo con piezas que tomó de aquí y de allá. Debemos deshacernos del concepto de “basura” en términos ecológicos y sociales. Nada es un desecho, sino que está en proceso de transformación.

Old faithfull (la vieja confiable), la bicicleta de Geane Obree

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