Dedos gigantes en la neblina

Eran casi las 10 de mañana y estábamos devorando unas tortas de tamal en la estación de autobuses de Pachica porque, seguramente, esa sería nuestra única comida real de las próximas doce horas. Ya era muy tarde porque a Ari se le ocurrió toparse con el marihuano de la colonia y filosofar con él un rato. Si hubiéramos ido a escalar al Valle Diego Mateo o a las Ventanas, no hubiera habido problema, tendríamos el tiempo sobrado, pero ese día nuestro objetivo era una roca que estaba mucho más lejos.

Después de dos horas más de camino, llegamos a Las manzanas, una zona de escalada cerca de Mineral el Chico, Hidalgo. Al llegar, tomamos un café y tuvimos que estampar nuestros autógrafos en un libro. Eso de hace para que los dueños del tengan un registro de quiénes están en la roca y así, si no bajan, poder subir a buscarlos al día siguiente (generalmente con burros para cargar de regreso los cachitos). Pero nosotros éramos valientes y no nos dejábamos intimidar. Por lo menos no por el libro. Otra cosa eran las rocas que escalaríamos se veían desde ahí, desde el restaurante, en el lomo de los cerros, como dedos gigantes que se cerraban en la neblina. Podía verlas desde el valle y ya sentía esa fuerza que es al mismo tiempo amenazante y seductora.

Caminamos una hora más entre los densos senderos del bosque. De vez en cuando encontrábamos rocas que tenían manchas de magnesia y sabíamos que íbamos por buen camino, porque por ahí habían pasado escaladores. También había algunos señalamientos de madera que más bien parecían la perfecta parodia de la información. Tenían flechas señalando sentidos opuestos, pero ni una sola palabra. Creo que el que los puso se estaba divirtiendo con nosotros y en vez de decirnos adónde ir, nos estaba invitando a explorar. Después de una hora de intensa caminata cargando todo el equipo, por fin llegamos a la base del muro. Desde abajo se veía hermoso y aterrador, forjado por fuerzas prehistóricas mil veces más fuertes que cualquier cosa que hiciéramos los humanos. La piel de ese muro estaba hecha por la sangre de los volcanes y curtida, durante millones de años, por los glaciares y los vientos. Y nosotros estábamos ahí, minúsculos a sus pies, rogando por poder subir.

Nunca antes había subido esa roca. Ya tenía cierta experiencia escalando multilargos, pero siempre había ido con alguien que conocía las rutas. Esta vez, era la primera que estaba ahí y, además, ninguno de nosotros había subido antes, así que tendríamos que ir “a ciegas”, buscando las placas y las reuniones, sin saber exactamente por dónde iríamos ni cuánto nos tardaríamos en subir.

Decidimos que Ari y yo subiríamos por una ruta que se extendía a lo largo de una grieta. Unos metros más allá, Gerson y Mali tomarían las placas de una pared lisa. Mali, audaz como siempre, fue la primera en puntear y en tocar la roca congelada. A los pocos minutos y ya con los dedos entumidos, empezó a repetir como un mantra “todo es mental”. Poco después arranqué yo y mientras iba subiendo no podía dejar de pensar que no teníamos el material suficiente y que nos harían falta anillas. Tampoco llevábamos suficientes mosquetones ni cabos de anclaje. Y es que Ari se rebanó el dedo cortando PVC esa misma semana. La cortada le llegó hasta el hueso y le pusieron varios puntos, así que según ella no iba a subir. Pero ahí no pudo resistirse. Yo no podía dejar de preocuparme por todas las cosas que teníamos en contra: la falta de material, el frío congelante, la avanzada hora de la tarde… Pero, conforme fui subiendo, comencé a ver esos paisajes majestuosos que le llenan a uno los ojos. La roca que estaba frente a nosotros era hermosa, como un cubo recortado con un navajazo. Y más allá se veían los cerros bañados por el sol.

Y en efecto, no llevábamos suficiente material. Pero me sentí muy orgulloso de ver cómo Mali y Gerson maniobraban e improvisaban cabos de anclaje y reuniones con la cuerda; reciclaban las anillas; recuperaban con ocho; y hacían anclajes naturales. Después de todo el entrenamiento que habíamos hecho, se notaban los resultados. Veía a mis amigos escalar con pasión, pero también con inteligencia. Y así seguimos hasta llegar al tercer largo, y hubiéramos subido todavía más, pero ya eran las 5:30 y el sol casi besaba al horizonte.

La noche no nos dejó llegar la cima. Descendimos con la neblina sobre los hombros y caminamos una hora a través del bosque completamente a oscuras. Todavía nos faltaban muchas horas para llegar a casa, pero en el carro, los borrachitos y los chocolates que Gerson compró en la última tiendita nos supieron a gloria.

Donde
Zona de escalada Las manzanas, cerca de Mineral el chico, Hidalgo
Restaurante Las manzanas en Facebook

Actualización

Zenón Rosas nos dijo después que las rutas que hicimos fueron:
Ari y yo, La princesa voladora.
Mali y Gerson, La clásica del espejo.

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