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Legítima defensa

Violencia legítima

La captura y posterior liberación del activista Sandino Bucio Dovalí ha puesto en crisis la narrativa que atribuía los actos violentos en las manifestaciones por Ayotzinapa sólo a “infiltrados” del gobierno. Es cierto que esta es una técnica sucia para desacreditar a los disidentes políticos que se ha usado (y se sigue usando) desde hace décadas por el gobierno mexicano. Pero también lo es que esta explicación no alcanza para captar la complejidad de la realidad social. Muchos grupos han optado por la “violencia legítima” o la “acción directa”. Y en muchas ocasiones no se trata de grupos de marginados económicos y con bajos niveles de estudio, como han querido hacer ver periódicos como La razón, al trazar su “Perfil del anarquista”. Al contrario contrario, muy frecuentemente se trata de estudiantes que consideran que las manifestaciones pacíficas no sirven para nada y han decidido dar un paso más allá. El caso de Sandino es especialmente representativo porque sus acciones no sólo hablan por sí mismo, sino, como dirigente, por gran parte de su grupo.

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Ayotzinapa, una metáfora para México

Fue el estado

Ayotzinapa es un punto de no retorno para eso que llamamos México. Sin embargo, lo que hace a esta masacre excepcional no es su violencia ni tampoco que haya sido perpetrada por el estado. Porque, a pesar de que los noticieros televisivos se empeñen en decir lo contrario, el crimen y la impunidad del estado son una vieja tradición en nuestro país (v. Vicente Alfonso, No se olvidan)

La diferencia radica en las grandes caminatas, o casi peregrinaciones; en las protestas en el Zócalo donde se lanzaron globos o se pusieron veladoras; en las exigencias dolientes más dignas que cualquier discurso del estado; en las peticiones de renuncia a Peña Nieto; en los cientos de artículos, crónicas , tweets y memes que circulan en la red; en suma, en todas esas manifestaciones que no son sino el hartazgo y la vergüenza materializados. Pronto han llegado también las obras de arte, como los óleos Aún no nos han entregado los cuerpos, de Helen Bickham, o Ayotzinapa, de José Gama.  Pero sería injusto no señalar que muchas manifestaciones espontáneas y populares son verdaderas obras de arte: instalaciones, performances, ready mades o happenigns que tienen mucho más alma que gran parte de lo que se vende en casas como Christie’s. Estas manifestaciones nos maravillan y nos mueven, precisamente porque la condición esencial del arte es que surja de las exigencias del espíritu, como todas ellas lo han hecho.

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