Hoy por la tarde

Hoy por la tarde
vi a un perro detenido junto a otro que estaba muerto,
tenía los ojos llenos de un temblor
que me recordó los trozos de la luna desgarrada
que trae agosto;
pensé en lo parecido de su herida
a un revoloteo de mariposas negras en una jaula
o a la desesperación de la luz atrapada
dentro del cristal de las lámparas de sodio.
Ese perro y yo
compartíamos el viento plomizo;
estábamos unidos por la grava redonda del asfalto
como un preso lo está a los barrotes
que cortan su ventana,
o un suicida a un gatillo desesperado.
Mientras miraba el cuerpo carbonoso de aquel animal,
una mujer se cruzó entre mis pupilas,
y en sus ojos hinchados, como una rana a punto de estallar
o un vientre violado al borde del aborto,
pude ver el color rojizo de las noches sudorosas,
pero no eran del estudiante con un compás de acero
y una mano temblorosa llena de café,
eran los de una crisálida muerta antes del calor,
los de un cadáver rasguñando con uñas amarillas
el ataúd del mundo de los vivos;
se tambaleaba buscando el suelo con los tacones,
las piernas engarruñadas
como dos colguijes retorcidos de un caballo de metal,
como agotadas
después de una caminata demasiado larga
o demasiado corta.
Inclinó el cuerpo
para verse los ojos en el espejo retrovisor
con remaches y clavos de un automóvil.
Sólo pude desearle que no se reconociera,
que no supiera que esos ojos muertos eran los suyos
ni esas mejillas de cera las suyas.
No sé durante cuánto tiempo se miró,
no sé si perdí el conocimiento,
el espejo se rompió
o una mosca negra me abrazó los tobillos;
sólo sé que sucedió esta tarde,
que me sentí atado a un violín destruido,
que quise llorar, y como siempre, no supe hacerlo,
que hubiera querido acercarme a esa mujer
y consolarla regalándole una pistola en la cabeza.

2005

*Fotografía: Josef Koudelka

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