Cuestionamientos sobre el libro electónico

En La Gaceta del Fondo de Cultura Económica de este mes (abril del 2012) se incluye el artículo “Los libros electrónicos no se queman” de Tim Parks, quien, según la propia Gaceta, es profesor de literatura en a Libera Universitá di Lingue e Comunicazione de Milán.

El artículo es, como anuncia la portada (en la esquina inferior derecha) una apología del libro electrónico. Parks se lamenta que varios hombres de letras, profesores y expertos piensen que la alta literatura debería seguir leyéndose en papel y no en libros electrónicos. A qué se debe eso, se pregunta. Parks argumenta con razón que los libros electrónicos son más prácticos: baratos, ligeros y ocupan menos espacio.

Todos estos argumentos son válidos y completamente ciertos. Sin embargo Parks pronto deja a un lado la defensa basada en la “practicidad” del libro electrónico y se ocupa de “la experiencia misma de leer en relación con el texto”. Y aquí es donde Parks no convence. Escribe que “la experiencia literaria no radica en un momento de percepción o en un contacto físico con un objeto material”. Lo anterior podría ser cierto en el mundo de las ideas platónicas pero no en el nuestro. No se lee ni se comprende de la misma forma un texto en voz alta que en silencio; con buen humor o de malas; a las doce del día que a las cuatro de la madrugada; en en Nueva York que en Iztapalapa…

Gaceta FCE Abril 2012

La lectura no es la transfusión tal cual del contenido del texto al cerebro. Más bien es la reconstrucción de los significados. Es, como se ha demostrado, un proceso activo en el que el lector pone en juego sus conocimientos, sus experiencias, sus habilidades, sus temores, en una palabra: su vida. El soporte por el que se transmite el texto también es relevante. La cultura entera se transformó con la introducción de la escritura y se volvió a transformar con la imprenta; muchos estudios lo demuestran, desde Mac Luhan y Bajtín, hasta Paul Zumthor, Walter Ong. Sin duda, la invención de libro electrónico, tan solo por ser un cambio de soporte, traerá cambios, no sólo en la forma de leer, sino en toda la cultura, muy profundos y que todavía están por verse.

Parks cierra su artículo subrayando la “vocación internacional de los libros electrónicos” y añade una pregunta retórica “¿la cortina de Hierro habría impedido su paso?”. Para Parks, el libro electrónico parece ser el transmisor ideal de ideas revolucionarias, el gran derrocador de estados injustos y el vehículo de la verdad, intocable por la censura. Pero si la concepción de Parks sobre la “lectura ideal” es falsa, esta visión de la “vocación internacional del libro” es ingenuamente peligrosa.

En todo su artículo, Parks emplea al Kindle casi como sinónimo de “libro electrónico”. Esto es un grave error (hay muchos otros lectores disponibles en el mercado) sobre todo porque el Kindle es un excelente ejemplo de lo que podría llamarse “monopolio de la cultura”. Con los libros electrónicos, sobre todo con el Kindle, hay que olvidarse de la cuestión de los libros pasando la cortina de hierro y comenzar a preocuparse por si podremos pasarle los libros a nuestros amigos y vecinos. En efecto, si yo compro un libro en la tienda de Amazon, podré leerlo en mi Kindle, pero no en un Nook ni en un Papyre. Y los ejemplos se multiplican. Muchos de los formatos de libros electrónicos están hechos para ser incompatibles entre ellos.

Con los libros en papel podía comprar cualquier libro de la editorial que fuese. Pero ahora tal parece que debo casarme con una empresa (Amazon, Google, Apple o Adobe) para poder acceder a su colección de libros. Al menos en mi caso, el problema para elegir un lector electrónico no han sido tanto sus prestaciones (todos tienen más o menos las mismas: e-ink, pantalla táctil, conexión inalámbrica) sino los libros a los que me permitiría acceso: un Sony me permitiría el acceso al FCE y a Gandhi; un Kindle, a Amazon (Cabe mencionar que la privatización y la creación de mercados del conocimiento e información no es exclusiva de los libros electrónicos, más bien es una característica de la “sociedad del conocimiento”)

Pero suponiendo que todos los lectores puedan leer en un futuro todos los libros (para lo cual deberían conciliarse fuertes intereses económicos opuestos) aún queda un gran problema sobre la mesa ¿La información electrónica es invulnerable a la censura o es más susceptible a ella? Esto último parece confirmarse con tecnologías como el DRM, con iniciativas de ley del tipo de ACTA y SOPA, o por lamentables eventos como el cierre de Wikileaks y la congelación sus cuentas de PayPal y MasterCard.

Más que nunca, toda la sociedad debe estar atenta e informada sobre estos cambios para que pueda decidir en su propio beneficio. No sólo hay que preguntarse por características técnicas del libro electrónico o sus beneficios a primera vista, sino también por las repercusiones sociales y culturares. No trato aquí de satanizar los nuevos medios electrónicos de comunicación, más bien de puntualizar que para que el libro electrónico pueda tomar el puesto del de papel, se debería poder garantizar una verdadera disponibilidad más allá de empresas, marcas y formatos; la calidad de los textos y las ediciones (por ahora abundan los best-sellers); su libre libre distribución; su democratización; y por la adecuada retribución a los autores. Debemos preguntarnos si queremos dejar nuestra cultura escrita a merced de la censura de los gobiernos o los antojos de intereses económicos o particulares.

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P. D. En el caso de que nuestros intentos fracasen y en el futuro la censura y la vigilancia electrónica se vuelvan muy severas, siempre podremos confiar en unas cuantas láminas delgadas de celulosa (ocultas en el doble fondo de un abrigo o emparedadas en una casa) para transmitir esa información que otros quisieran impedir, a toda costa, que fuera comunicada.

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