José Emilio Pacheco, el cangrejo

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Sucedió en el año 2000, en la Ciudad de México. Con motivo de la Feria del libro, en el Zócalo se había instalado una enorme carpa que, en muchas ocasiones, estaba llena
nomás de sillas vacías o de despistados que se sentaban a descansar. Y es que conforme el mundo se ha ido olvidando de las palabras, el vacío es una enfermedad común en los eventos literarios. Sin embargo, esa tarde, sucedió lo contrario. Aunque había llegado temprano me costó trabajo encontrar un asiento incluso al fondo de la carpa. Se notaba que José Emilio Pacheco generaba mucha expectación. Quizás porque sus libros de narrativa se han hecho de lectura necesaria en secundaria y preparatoria. Y digo necesaria porque los jóvenes se han hallado a sí mismos en el amor inmoral de Las batallas en el desierto o en el descubrimiento erótico de El principio del placer. Ese había sido mi caso y pronto la necesidad me llevó a conocer más de este autor, sobre todo de su poesía.

INSTANTE

La mano se demora sobre la perfección de la espalda
Valle de todo excepto de lágrimas. Milagro
de la carne que rompe su finitud
y por un instante
se vuelve tierra sagrada.

A diferencia de mucha poesía actual, en la que dominan las imágenes personales o indescifrables, la de Pacheco abunda en descripciones claras y hasta violentas, en la confrontación de ideas a través de la paradoja y la ironía y en una erudición que le habla a la inteligencia. Sabe que el hombre inventó a Dios y por lo tanto su ética no se basa en la creencia en un ser supremo, sino en el reconocimiento de los seres que lo rodean. Sus poemas rompen con la tiranía de los mitos sobre la historia, la religión y lo duradero. Sus temas favoritos son el escarceo con la muerte, los límites del conocimiento y la conciencia, la eternidad del momento extático, lo fugaz y la búsqueda del otro aunque nos destruya.

CERDO ANTE DIOS (Fragmento)

¿Dios creó a los cerdos para ser devorados?
¿A quien responde: a la plegaria del cerdo
o al que se persignó para degollarlo?
Si Dios existe ¿por qué sufre este cerdo?
Bulle la carne en el aceite.
Dentro de poco, tragaré como un cerdo.

Pero no voy a persignarme en la mesa.

Mientras esperábamos en la carpa, cabía la posibilidad de que no llegara el poeta. Todavía recuerdo los comentarios radiofónicos que urgían al escucha a asistir al insólito evento ya que Pacheco era enemigo de presentaciones o firmas. Pero finalmente se hizo presente y comenzó la lectura de sus poemas con una voz cansina y apresurada que no dejaba apreciar claramente ese recurso tan característico de su poesía: las oraciones cortadas de forma violenta, repartidas en diferentes versos, con lo cual se crea un ritmo agónico, ajeno al habla natural, pero que entra en sintonía con su visión a la vez adolorida y esperanzada.

Pronto pasó de la lectura a la firma y me sorprendió ver la cantidad de libros piratas que todos llevábamos (de esos que se consiguen más baratos afuera del metro Balderas). Pero Pacheco los firmaba de todos modos y no dejaba de hacer comentarios o bromas. Al hermano de una amiga, al ver su libro despastado, le dijo que luego le pasaba uno nuevo.

Esa fue la única vez que vi a Pachecho en persona, pero siempre me ha acompañado. Lo he compartido, primero, con mis amigos, y después, cuando me tocó ser maestro, con mis alumnos. Su lectura estuvo presente hasta en los peores momentos de desazón patria en el 2012.

ALTA TRAICIÓN

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

Tus poemas, Pachecho, le han puesto palabras a eso que difícilmente podría yo entender de mis silencios. Y de nuevo recurro a un poema tuyo, cangrejo amigo, para decir lo que siento.

INMORTALIDAD DEL CANGREJO

Y de inmortalidades sólo creo
en la tuya, cangrejo amigo.
Te aplastan, te echan en agua hirviendo,
inundan tu casa.
Pero la represión y la tortura
de nada sirven, de nada.

No tú, cangrejo ínfimo,
caparazón mortal de tu individuo, ser transitorio,
carne fugaz que en nuestros dientes se quiebra;
no tú sino tu especie eterna: los otros:
el cangrejo inmortal
toma la playa.

Imagen: El cangrejo azul, Francisco Toledo

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