La paradoja de Cicerón

Chistes de Cicerón

La risa es un poder vital, una fuerza irrefrenable, una rebeldía. Libros como el Quijote o el Decamerón, llenos de humor hasta morirse de risa, son ejemplos de ello. Esto ha sido bien conocido desde la antigüedad y en un afán de “control, moralidad y orden” se ha intentado poner límites a la risa . Platón, el más amargado de los filósofos, prohibió la risa en su Academia y quería que se expulsara de la ciudad a los comediantes que hicieran burla de los ciudadanos (por cierto hacían burla de él, y mucho). Aristóteles acepta la risa pero de forma moderada y siempre con el propósito moral de criticar los vicios.

Como puede verse, una cosa habían dicho los tratadistas y filósofos, y otra muy diferente habían hecho los poetas. Y es aquí donde surge la paradoja de Cicerón, pues es al mismo tiempo un tratadista y un hábil comediante.

Cicerón escribe un tratado sobre el humor donde dicta preceptos éticos y morales. Y, por si fuera poco, en su calidad de cónsul (cargo de magistrado más alto en la República romana), debería hablar con la más alta propiedad y dignidad ante los demás políticos. Cicerón escribe en su tratado:

Que de la dignidad no menoscabe algo la jocosidad (229)

Para que lo anterior suceda da toda clase de recomendaciones, como no burlarse de personas de alta estima, no hacer bromas todo el tiempo ni en momentos indebidos, no hacer imitaciones con el gesto y la voz… En resumen, no llegar al humor de los scurra, que eran los bufones de la época.

Pero los ejemplos de chistes que el mismo Cicerón da parecen contradecir su propia teoría. Resulta difícil imaginarse a un cónsul diciendo estas cosas ante el cenado romano:

Marco Lépico decía, mientras, recostado en la hierba, veía a los demás ejercitándose en el campo: “quisiera que esto fuera trabajar” (287)

Cicerón también escribe:

Alguien se lamentaba de que su mujer se había colgado de una higuera y otro dijo “te lo ruego, dame retoños de ese árbol para sembrarlo” (278)

Y el más burlesco de todos sus chistes:

Si la madre de ese hubiese parido una quinta vez, habría parido un asno (267)

Pero esta clase de chistes no son excepciones, sino que así era su humor en general. Dehecho, sus contemporáneos lo llamaban consularis scurra, lo que vendría siendo “cónsul bufonesco”.  Esta es la gran particularidad de Cicerón: no solamente teroiza sobre el humor, sino que sabe usarlo, incluso en las situaciones donde cabría esperar la mayor seriedad. Cicerón es el ejemplo de que la risa tiene tal fuerza, tal vitalidad y poder en el ser humano que impone sus propias reglas.

Por eso, Cicerón, como buen teórico, pone las reglas. Y como buen cómico, las rompe.

Obras citadas

Cicerón. Acerca del orador. Ed. Amparo Gaos Schmidt. Vol. 2. México: UNAM, 1995

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