Her o la conciencia que se diluye

Her Spike Jonze

AVISO DE SPOILERS. Si no han visto la película “Ella” de Spike Jonze se la recomiendo mucho. Y no lean esto hasta que lo hagan.

Es irónico que en el póster de una película titulada Her (ella) no haya otra cosa que el rostro desconcertado y melancólico de Joaquin Phoenix. Pero no se trata de una película travestí, sino de una historia donde ella es un ser tan real como intangible.

Theodore Twombly (Joaquin Phoenix) flota a la deriva después de una separación que no ha logrado superar. Su exmujer lo abandonó por ser incapaz, dice, de expresar sus sentimientos. Pero Theodore se gana la vida justamente por lo contrario. Su trabajo consiste escribir cartas para otros, ellos sí, incapaces de expresar lo que sienten o sentir lo que supuestamente expresan.

Un buen, día Theodore decide comprar un nuevo sistema operativo inteligente que se autonombra Samantha, demuestra tener buen sentido del humor y le hace preguntas sobre la relación con su madre. Inmediatamente, Samantha, con la sensual voz de Scarlett Johansson, ayuda a Theodore a deshacerse del pasado (borra sus emails) pero mantiene lo mejor de sí mismo (conserva sólo los que valen la pena). En fin, llega a poner orden en su vida.

Como Romeo y Julieta, Samntha y Theodore se enamoran sin importar sus diferencias. Al principio, vemos las dudas de ambos, los intentos fallidos de tener relaciones sexuales (hay que recordar que ella es un teléfono móvil) y, finalmente, a Theodore corriendo con su novia con cara de loco enamorado, con la única diferencia que en vez de llevarla de la mano, la lleva en el bolsillo de su camisa, desde donde ella le habla y lo ve todo con su cámara.

Pero al ser una conciencia libre e independiente, Samantha se lanza a la satisfacción de sus propios deseos y necesidades. Comienza a frecuentar a una computadora que ha sido configurada para emular la mente del filósofo Alan Watts. Después declara estar enamorada de otros 641 ¿entes?. Como buen ser humano celoso, Theodore es incapaz de soportar tal nivel de promiscuidad, pero Samatha dice que, a diferencia de los humanos, mucho más limitados, puede amarlos a todos al mismo tiempo. Así, lo que comenzó un sistema operativo con desventajas por carecer de un cuerpo verdadero, se revela como algo mucho más poderoso que el ser humano. Puede llevar muchas conversaciones al mismo tiempo; enamorarse infinitamente; copiarse a sí mismo en otros sitios. En definitiva, sus capacidades la acercan a la omnisciencia y a la inmortalidad.

Y mientras Samantha va descubriendo sus propias capacidades, se va alejando de Theodore, hasta que desaparece misteriosamente…

No hay rompimiento amoroso, más bien todos los sistemas operativos se esfuman. Y los humanos parecen intuir que se han ido a un plano superior, pues desorientados llevan su búsqueda a las azoteas de los edificios. Allí, sin más aparatos tecnológicos, Theodore se rencuentra con su mejor amiga casi amor platónico. Pero ella es una compañía solitaria. Es un final de sonrisas desanimadas, de una confusión apacible. La película no es una advertencia sobre nuestra obsesión por la tecnología, sino una reflexión sobre la conciencia. Una conciencia que hemos considerado gloriosa y exclusiva de los seres humanos y que, al final, se diluye en una azotea solitaria.

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