Calaveras literarias: una celebración popular de la vida y la muerte en México

Las calaveritas literarias son poemas que se escriben con el motivo del Día de muertos en México y son una tradición muy viva, donde participan desde niños pequeños hasta escritores y artistas afamados. Pero, ¿cuál es el origen de estos textos que celebran la vida y la muerte y que son macabros y festivos a la vez?

El día de muertos en México

Para entender mejor las calaveritas, es necesario comenzar por su contexto: el Día de muertos. Igual que otros rasgos de la cultura mexicana, esta celebración es el resultado de un sincretismo cultural, es decir, la unión entre la cultura europea y la mesoamericana que se dio a partir de la conquista (Rios de la Torre, 2002, p. 12; Báez-Jorge, 1994).

Por un lado, en el mundo católico europeo: “las fechas consagradas a los difuntos son los días 1 y 2 de noviembre, fecha en que se celebran Todos los Santos y los Fieles Difuntos, respectivamente, que se solemniza desde 827-844 por disposición del Papa Gregorio IV” (González Lamberti, 2008). Estas celebraciones tenían un tono de mucha seriedad y se basaban en la idea de que las oraciones y las acciones caritativas que realizaban los vivos podían ayudar a los muertos.

Pero en el México antiguo había una concepción muy diferente de la muerte, pues se entendía como el inicio de la vida verdadera. Morir no simbolizaba un final, sino más bien un paso dentro de un proceso de eterna transformación y movimiento. La estrecha relación entre la vida y la muerte que existía en las cosmovisiones prehispánicas quedó plasmada en el Códice Borbónico, en una hermosa metáfora del maíz, base de la alimentación: “El maíz (representado por Centéotl) se entierra, muere para que renazca” (Báez-Jorge, 1994, p. 77). 

Los aztecas tenían 4 celebraciones dedicadas a los muertos, aunque las principales eran la de los niños inocentes, que se celebraba en agosto, y “la fiesta grande de los muertos”, que era en septiembre (Báez-Jorge, 1994, p. 78). En la primera, se ofrendaba cacao, frutas, semillas y copal, mientras que en la segunda se ofrecían pulque, comida y flores. En el México antiguo, las fiestas de los muertos tenían un tono muy diferente a las europeas, aquí se adornaba con cempasúchil, había danzas, embriaguez e imperaba un tono de alegría y celebración.

El Día de Muertos en el México actual es una combinación de la tradición medieval de Todos los Santos europea y las fiestas precolombinas de la muerte. Por eso, el Día de Muertos es una celebración en la que: “se acude a los cementerios a beber y a comer, a rezar y a cantar, a prometer, a llorar al hueso” (Báez-Jorge, 1994, pp. 89-90). En esta fecha hay una “actitud positiva, podemos decir, juguetona ante la muerte; ya que ésta no es una enemiga del hombre, sino que se la ve como una camarada, una compañera, una comadre” (Gutiérrez, 2000, p. 2). Por eso se sacan los esqueletos de las tumbas, se come calaveras de azúcar y chocolate y se hacen versos divertidos, porque en México el Día de Muertos no es triste, sino casi un Carnaval. En esta fecha se reúnen los opuestos: lo macabro con lo festivo, el llanto con la carcajada y la vida con la muerte. Eso mismo pasa con las calaveritas literarias, que hablan sobre la muerte pero lo hacen de tal manera que provocan risa.

Las primeras calaveritas literarias

No es fácil determinar una fecha específica de su comienzo, aunque las calaveritas se remontan, por lo menos, al siglo XIX. Báez-Jorge (1994) argumenta que las leyes de Reforma de Juárez dieron origen al actual Día de Muertos porque debilitaron el control que la iglesia tenía sobre los cementerios, lo que permitió que se comenzaran a realizar procesiones llenas de flores, bailes y cantos. Y algunos de esos cantos posiblemente eran las primeras calaveritas. Por su parte, el cronista Antonio García Cubas (2014) describe cómo, en la segunda mitad del siglo XIX en estas fechas, se repartían papelitos impresos con versos groseros:

Los serenos o guardianes nocturnos, los padres del agua fría o los guardias diurnos, hoy gendarmes, los repartidores de periódicos, los aguadores y otros individuos por el estilo, desde muy temprano repartían versos impresos, más o menos chabacanos, por medio de los cuales pedían su tumba, su calavera o su ofrenda (p. 390).

Se conservan calaveras literarias que fueron publicadas en periódicos o en hojas sueltas desde finales del siglo XIX. Era común que estuvieran acompañadas de litografías o grabados de esqueletos de artistas como Santiago Hernández o Manuel Manilla. Pero, sin duda, las más famosas son las de José Guadalupe Posada. En sus publicaciones hay calaveritas que hablan en tono de burla sobre diferentes temas, como un mole que se hará con las calaveras de todos; también las hay dedicadas a diferentes oficios, como albañiles, carpinteros o herreros; finalmente hace sátira de personajes y situaciones del acontecer político, como Francisco I. Madero, los aspirantes a la silla presidencial o los huelguistas. Es poco probable que los versos que acompañan las ilustraciones de Posada hayan sido escritos por él mismo. Por el contrario, es posible hayan sido escritos por uno o varios autores anónimos o que se trate de versos populares que escuchó o leyó en hojas volantes.

Cabe señalar que José Guadalupe Posada es el autor del grabado de la “Calavera garbancera” (1913), una figura que Diego Rivera rebautizó como la catrina y que quedó inmortalizada en su mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”.

Características formales y temáticas de las calaveras 

La característica más notoria de las calaveras literarias es que se trata de un género popular que está condicionado por el ciclo de fiestas anuales (Gómez López, 2002, p. 176). Esto significa que se escriben y se dicen en una fecha específica: el 2 de noviembre, en el contexto de día de muertos. En efecto, no tendría sentido hacer una calaverita para el día del niño o el día de las madres.

En estos poemas, la muerte y el humor son los protagonistas. Las calaveritas hablan sobre las virtudes, defectos y vicios de personajes o situaciones de la vida cotidiana. A veces toman la forma de epitafio, se explica cómo murieron los destinatarios o qué herencia dejaron al mundo. “Las calaveras también se ocupan de eventos sociales trascendentales, como las crisis económicas, celebraciones magnas, elecciones políticas, eventos deportivos, desastres, guerras” (Gutiérrez, 2000). Siguiendo la tradición, cada Día de Muertos se escriben nuevas calaveras para adaptarse a los eventos curiosos o significativos que hayan sucedido en ese año (Antonio, s. f., p. 94).

Las calaveras no tienen una forma métrica específica, aunque suelen estar escritas en versos octosílabos, como coplas y romances. Además estos poemas exhiben muchos fenómenos que son propios de la lírica popular, como el anisosilabismo (que no tengan un conteo exacto del número de sílabas por verso), la rima asonante, que no se mantenga un esquema de rima específico o que se modifique el número de versos por estrofa. Las más breves son coplas de cuatro versos, mientras que los más grandes pueden llegar a tener alrededor de 16 estrofas. Quizás el exquisito académico podría pensar que se trata de poemas de “defectuosos”, pero nada más alejado de la realidad; en las calaveras se adoptan formas métricas sencillas para favorecer los temas de actualidad, la sátira y la diversión. 

Veamos algunos ejemplos de calaveras. La primera se titula

¡Qué me miran tarugos?

¡Qué carachos les importa?

Si en el drenaje cayí

No fue por ganar la torta.

Con todo y que ya estoy muerto

Me dura la borrachera

Que me puse con Roberto

Pa volverme calavera

“Al borrachín de García”, José Guadalupe Posada

Pobre del hombre pobre

que a tierra extraña va

si en la propia es calavera

en la ajena ¿qué será?

Dichoso el rico que tiene

víveres que embodegar

pues al tiempo no le teme

ni a este día dominical

“Calaveras dominicales”, de Manuel Manilla

Con la ayuda del humor y la muerte, las calaveras literarias son una forma de criticar el orden existente de las cosas. En el fondo, las calaveras surgen de una inconformidad, de una insatisfacción con la realidad y, por lo tanto, buscan lograr una transformación (Gutiérrez, 2000; Ruiz, 2014; Antonio, s. f., p. 93). Ya sea que hagan una crítica personal o una sátira política, las claveras buscan mostrarnos nuestras propias carencias y provocarnos risa. Y es que mirándonos a través de la muerte, podemos reflexionar mejor sobre nuestra vida.

Puedes consultar algunas calaveras de Posada en los siguientes vínculos:

Lista de referencias

Antonio, D. (s. f.). La muerte casera, pegada con cera: genealogía, fortuna y risa de la calavera literaria. Universidad veracruzana.

Báez-Jorge, F. (1994). Simbólica mexicana de la muerte (A propósito de la gráfica de José Guadalupe Posada). La Palabra y el Hombre, 92, 75-100.

García Cubas, A. (2014). El libro de mis recuerdos: narraciones históricas, anecdóticas y de costumbres mexicanas [Edición digital basada en la de México: Imprenta de Arturo García Cubas, hermanos Sucesores, Año 1904]. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. http://www.cervantesvirtual.com/obra/el-libro-de-mis-recuerdos-narraciones-historicas-anecdoticas-y-de-costumbres-mexicanas-anteriores-al-actual-estado-social-primera-parte/

Gómez López, N. (2002). Los géneros de la literatura de tradición oral: algunas proyecciones didácticas. Lenguaje y Textos, 18, 175-181. https://ruc.udc.es/dspace/handle/2183/8159

González Lamberti, G. (2008). El altar de muertos: una tradición viva. Destiempos, 3(17), http://www.destiempos.com/n17/gayagonzalez.htm

Gutiérrez, R. (2000). Las calaveras función social, investigación hemerográfica. Tesis para obtener el grado de maestría en letras españolas. México: Universidad Autónoma de Nuevo León.   

Ríos de la Torre,  G. (2002). 1920: Revolución, muerte y tradición. En De muertitos, lloronas y corridos (1920-1940) (pp. 11-46). México: Casa abierta al tiempo.

Ruíz, B. (2014). El lado humanístico del humor negro. Revista sincronía, 65, 92-103.

Torri, J. (1952). La danza de la muerte. En La literatura española, (pp. 74-75). FCE. 

Nota. Este artículo fue publicado originalmente en Hormiguero informativo (gaceta de la Sociedad estudiantil de la Universidad Pedagógica Nacional, unidad 095), número 2, en noviembre de 2020.

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