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Escher ¿Nos engañan nuestros ojos?

Supongamos que asistimos a una representación de teatro. En ella aparecen esfinges, padres de familia, moscas con ocho patas, ratas que hablan, políticos, dragones. No importa lo increíble de la fauna, ni lo disparatada que sea la trama, nosotros como espectadores hemos aceptado esas incongruencias al grado de que nos apasionamos con ellas. Sin esa aceptación, la catarsis aristotélica sería imposible.

Sin embargo, las incongruencias permanecen, en cierta forma, ocultas. El ventrílocuo se esfuerza por que su boca se quede quieta y el titiritero por esconder los hilos. Lo original en Escher es que su obra es un esfuerzo en el sentido opuesto a los anteriores.

Toda imagen se basa en un engaño (igual que el teatro, el titiritero o el ventrílocuo), en el hecho de que se representa un objeto de tres dimensiones en un plano de sólo dos. Lo que en la realidad es una catedral, con campanas que pueden rodearse, con escaleras que suben al cielo, se transforma en un pedazo de tela ingeniosamente trabajado. Aunque se vea exactamente igual (una fotografía, por ejemplo), bastará con darle vuelta a la representación pictórica para que el espectador se de cuenta que esa catedral no tiene fondo; que, a diferencia de la realidad, detrás de la roca no hay otra roca, sino un lienzo de roble soportado por un marco.

El espectador acepta este engaño y deja de verlo. El artista lo esconde. Pero en Escher esto se convierte en el centro de la representación. No se retrata la catedral, sino el mecanismo que permite retratarla. En sus dibujos, un mismo trazo puede representar un muro que se prolonga a la izquierda o a la derecha, un camino que se aleja del espectador o uno que sube. Es cuando uno se da cuenta de que estos dibujos, que parecen normales y coherentes a simple vista, son imposibles en la realidad. Es este el choque que provoca Escher, de algo perfectamente coherente que, sin embargo, es imposible.

La inteligencia de Escher dejó en estas obras un estudio sobre los mecanismos de representación. Su genialidad, en cambio, genera un nosotros una fascinación no exenta de inquietud y nerviosismo ¿Nos engañan nuestros ojos?