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Humor y horror en Bruegel

Bruegel el Viejo - La loca Meg (Dulle Griet)

¿Qué sentimiento surge al mirar Dulle Griet de Bruegel? Es indudable que muchos elementos remiten al horror: el gran fuego que, aunque está a lo lejos, parece siempre amenazante; el cielo teñido del color de la sangre y la ceniza; las lanzas de los ejércitos que se enfrentan; y ese rostro gigante, que no es otra cosa que la boca del infierno, con los ojos que no pueden cerrarse, pues los párpados son de madera, ante el terror ultraterreno que vislumbran.

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Escher ¿Nos engañan nuestros ojos?

Supongamos que asistimos a una representación de teatro. En ella aparecen esfinges, padres de familia, moscas con ocho patas, ratas que hablan, políticos, dragones. No importa lo increíble de la fauna, ni lo disparatada que sea la trama, nosotros como espectadores hemos aceptado esas incongruencias al grado de que nos apasionamos con ellas. Sin esa aceptación, la catarsis aristotélica sería imposible.

Sin embargo, las incongruencias permanecen, en cierta forma, ocultas. El ventrílocuo se esfuerza por que su boca se quede quieta y el titiritero por esconder los hilos. Lo original en Escher es que su obra es un esfuerzo en el sentido opuesto a los anteriores.

Toda imagen se basa en un engaño (igual que el teatro, el titiritero o el ventrílocuo), en el hecho de que se representa un objeto de tres dimensiones en un plano de sólo dos. Lo que en la realidad es una catedral, con campanas que pueden rodearse, con escaleras que suben al cielo, se transforma en un pedazo de tela ingeniosamente trabajado. Aunque se vea exactamente igual (una fotografía, por ejemplo), bastará con darle vuelta a la representación pictórica para que el espectador se de cuenta que esa catedral no tiene fondo; que, a diferencia de la realidad, detrás de la roca no hay otra roca, sino un lienzo de roble soportado por un marco.

El espectador acepta este engaño y deja de verlo. El artista lo esconde. Pero en Escher esto se convierte en el centro de la representación. No se retrata la catedral, sino el mecanismo que permite retratarla. En sus dibujos, un mismo trazo puede representar un muro que se prolonga a la izquierda o a la derecha, un camino que se aleja del espectador o uno que sube. Es cuando uno se da cuenta de que estos dibujos, que parecen normales y coherentes a simple vista, son imposibles en la realidad. Es este el choque que provoca Escher, de algo perfectamente coherente que, sin embargo, es imposible.

La inteligencia de Escher dejó en estas obras un estudio sobre los mecanismos de representación. Su genialidad, en cambio, genera un nosotros una fascinación no exenta de inquietud y nerviosismo ¿Nos engañan nuestros ojos?

Vermeer – La alcahueta

Johannes Vermeer - La alcahueta

La mujer de mejillas sonrojadas por el vino, está abriendo la mano para recoger las monedas del pago por los servicios prestados al caballero con sombrero de plumas y jubón rojo bermellón. Tras él, la alcahueta vestida de negro sigue con atención el desenlace de su intermediación (Vailimia)

Este post se lo dedico a mi amiga Sandy del posgrado, a quien le gustan tanto las alcahuetas y las pícaras. Quizás tú, Sandy, puedas recordar mejor que yo alguna cita que case bien con esta pintura.

Bruegel – LUXURIA

Bruegel LUXURIA

Hay muchas cosas que me llaman la atención de esta imagen: su similitud con el jardín de las delicias del Bosco; el gallo, que ha sido visto como un símbolo de lujuria; la profusión del ano, que quizás quiere remarcar la suciedad; el monstruo, tan carnavalesco, como el de la pintura de Dulle Griet que comparte boca y ano; ese otro monstruo que, a lado de la rúbrica de LUXURIA, parece que se ha cortado el pene…

Atrás del gallo parece ir un una procesión escarnecedora (la burla en público era una terrible forma de castigo). Encabezándola va un hombre desnudo, atado y montado sobre algo que permite pasearlo a la vista de todos. Lleva ¿acaso una corona ridícula? con una leyenda que quizás relate su pecado. Los que van detrás y se burlan no parecen peculiarmente castos. Así, el lujurioso es castigado por otros lujuriosos. Acaso Bruegel se burla del castigo -que en sí es una burla-. O concibe a un ser humano débil, incapaz de juzgar y atrapado en sus pasiones.

Monstruo de Bruegel que comparte boca y culo en el mismo orificio

Un monstruo que comparte ano y boca

Tiene cabeza, una pierna y un brazo. Su torso está reducido a cero, de modo que el final de las piernas (el brazo da la impresión de ser una de ellas) y el comienzo del rostro comparten el mismo espacio. Por la dirección del zapato negro se deduce que el monstruo nos da la espalda; por la de la cara, que nos mira de frente. Está torcido, pero el giro de su cabeza no se ha operado en el eje horizontal, sino en el vertical; es por eso que lleva la cabeza, a la manera de la cola de un perro miedoso, entre las patas. Gracias a esta contorsión y reducción, el orificio trasero que se haya entre las piernas es también el delantero con el que se come. Boca y ano (ambos objeto de la risa carnavalesca) quedan transformados en lo mismo. Desde nuestra perspectiva es un monstruo; desde la de él, que nos mira siempre al revés, quizás nosotros somos los deformes.