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Elogio de la piratería

Son muchos los comerciales que pululan por ahí en contra de la piratería. Están en los cines, en la televisión, en las películas originales y en las buenas películas pirata. Estas campañas me parecen un poco ridículas, porque yo soy un consumidor convencido del insustituible valor de las películas pirata y de la piratería, en tanto que canal de distribución. Mis razones las expongo a continuación.

Los argumentos que emplean estos comerciales son básicamente dos. El primero de ellos es que la piraería es de baja calidad. El segundo, que es ilegal y, por lo tanto, inmoral comprar piratería. El primer argumento es falso, ya que gracias a la era digital, una buena copia pirata es de la misma calidad de una original. Pero lo más importante y que hace a la piratería impresindible es que es depositaria de un enorme valor cultural.

Los canales de distribución legal (cine, televisión, puntos de venta) sólo cuentan con un catálogo reducido. Este catálogo está en función de lo que más se vende o lo que más pegó en el cine últimamente. Pondré un ejemplo: un Blockbuster está tapizado con estantes que tienen los últimos estrenos. Otros estantes más tienen películas según su género (no está por de más decir que esta clasificación es de risa si se la compara con, por ejemplo, la de una biblioteca): terror, acción, drama y un raquítico estante de “arte”. Y es que un Blockbuster es un establecimiento que vende sólo entretenimiento, pero deja fuera la cultura. Si se nos juzgara sólo a través de las películas que hay en un Blockbuster (o de los libros que hay en un Sanborns) llegaríamos a una penosa conclusión sobre nuestra riqueza cultural.

La historia es muy diferente si uno camina por las calles de Tepito o del Centro de la Ciudad de México. En uno de mis más queridos puestos de piratería, que está escondido en un pasillo de una plaza sobre el Eje Central, es posible encontrar cualquier cosa. Y si no la tienen, la consiguen para la semana siguiente. Ahí he encontrado cine imposible de hallar en Amazon, en Blockbuster o en cualquier otro sitio. ¿Por qué? Por el simple hecho de que no importa que esté descontinuado, que se venda poco o que no esté traducido. Es por eso que a diferencia de ese raquítico estante que en Blockbuster se llama “arte”, los puestos de piratería tienen la más impresionante y nutrida colección de cine de muy diversas índoles. Cine que, de no ser por la piratería, estaría condenado al olvido, porque no cumple ni cumplirá con los estándares de ventas. Por eso la piratería es impresinbibe: porque es uno de los pocos canales de distribución -si no es que el único- que transmite obras de arte, sin importar su éxito monetario.

Varias veces me he encontrado en medio de operativos antipitatería. Mi mayor temor en ese momento fue que desaparecieran todas esas películas. ¿Dónde conseguirían cine los universitarios, los investigadores, los amantes del séptimo arte, los artistas y yo? Después de varios operativos me he dado cuenta de que los policías se llevan los televisores, los reproductores y los estrenos, pero dejan, frecuentemente, el buen cine. Después de los operativos, la señora que es dueña del puesto siempre queda un tanto melancólica y, en ese estado idóneo de percepción estética, me hace buenas recomendaciones sobre qué ver.

Sólo espero que un asteroide no choque contra Tepito o el Centro, porque todo ese cine desaparecería de la faz de la tierra, tal como lo hicieron la segunda parte de la Poética de Aristóteles o la Biblioteca de Alejandría.

Materia de otro post serán las absurdas leyes de propiedad intelectual.