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Era la risa del demente

La risa no solo aparece en el rostro del que está feliz o al que le han costado un chiste. La risa puede ser símbolo de demencia y locura. Así aparece en El nombre de la rosa

-Quieres saber cómo he matado a toda aquella gente… Pues bien… los he matado… Veamos… Evocando las potencias infernales, con la ayuda de mil legiones cuyo mando obtuve mediante las artes que me enseñó Salvatore. Para matar a alguien no es preciso que lo golpeemos personalmente: el diablo lo hace por nosotros… si sabemos cómo hacer para que nos obedezca-

Miraba a los presentes con aire de complicidad, riendo. Pero ya era la risa del demente, aunque, como me señaló más tarde Guillermo, ese demente hubiera tenido la cordura necesaria para arrastrar a Salvatore en la caída, y vengarse así de su delación.

Leído en Umberto Eco, El nombre de la Rosa, Quinto día, NONA, p. 554

Bruegel – LUXURIA

Bruegel LUXURIA

Hay muchas cosas que me llaman la atención de esta imagen: su similitud con el jardín de las delicias del Bosco; el gallo, que ha sido visto como un símbolo de lujuria; la profusión del ano, que quizás quiere remarcar la suciedad; el monstruo, tan carnavalesco, como el de la pintura de Dulle Griet que comparte boca y ano; ese otro monstruo que, a lado de la rúbrica de LUXURIA, parece que se ha cortado el pene…

Atrás del gallo parece ir un una procesión escarnecedora (la burla en público era una terrible forma de castigo). Encabezándola va un hombre desnudo, atado y montado sobre algo que permite pasearlo a la vista de todos. Lleva ¿acaso una corona ridícula? con una leyenda que quizás relate su pecado. Los que van detrás y se burlan no parecen peculiarmente castos. Así, el lujurioso es castigado por otros lujuriosos. Acaso Bruegel se burla del castigo -que en sí es una burla-. O concibe a un ser humano débil, incapaz de juzgar y atrapado en sus pasiones.

Las estructuras pétreas se reían entre dientes

La ciudad, los edificios, las estructuras pétreas se reían entre dientes, si tal cosa es concebible: una risita estúpida y silenciosa, una muestra de infantilidad, de indelicadeza. Me recordó a aquel momento en que las mujeres se volvieron hacia mí a la luz de la hoguera, bajo los árboles, mostrándome su rostro ensangrentado, pero sonriendo y profiriendo carcajadas, como si nada raro les sucediera a ella ni a mí.

Doris Lessing, Instrucciones para un descenso al infierno, trad. Manuel Villar Rasco, Barcelona: Biblos, 2007, p. 79.