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La biblioteca, un monstruo que murmura

El bestiario ejerce una influencia tan grande en los personajes de El nombre de la rosa que es empleado para las más arriesgadas y fructíferas comparaciones; la más interesante, me parece, es la de la biblioteca. Para describirla, varios personajes recurren a los animales y al bestiario. El abad, cuando explica a Guillermo cuáles son las restricciones, dice:

Los monstruos existen porque forman parte del plan divino, y hasta en las horribles facciones de los monstruos se revela el poder del Creador. Del mismo modo, el plan divino contempla la existencia de los libros de los magos […] Pero, como comprenderéis, precisamente por eso cualquiera no puede entrar en ella. Además, el libro es una critaura frágil […] (58-59).

Adso describe el comportamiento de Guillermo, fascinado por los maravilloros libros que lo rodean, cuando por fin logran entrar a la biblioteca, de la siguiente forma:

En suma, cada libro era para él como un animal fabuloso encontrado en una tierra desconocida (444).

En otro lugar, mientras Guillermo le explicaba a Adso que los libros se citan y, por lo tanto, hablan entre ellos, este se refiere a la biblioteca como si fuera una especie de animal monstruoso, porque está viva y es inquietante:

De pronto comprendí que a menudo los libros hablan de otros libros, o sea que es casi como si hablasen entre sí. A la luz de esta reflexión la biblioteca me pareció aún más inquietante. Así que era el ámbito de un largo murmullo, de un diálogo imperceptible entre pergaminos, una cosa viva (410).

La biblioteca es un centro de conocimiento y de control del mismo. No solamente lo posee, también lo administra, lo resguarda y lo oculta. Para los monjes, la biblioteca no es una idea abstracta, sino un centro de poder a la vez amenazante y fabuloso. La percepción de este poder se plasma por medio de imágenes que la transforman en “una cosa viva” un animal o un mosntruo.

Era la risa del demente

La risa no solo aparece en el rostro del que está feliz o al que le han costado un chiste. La risa puede ser símbolo de demencia y locura. Así aparece en El nombre de la rosa

-Quieres saber cómo he matado a toda aquella gente… Pues bien… los he matado… Veamos… Evocando las potencias infernales, con la ayuda de mil legiones cuyo mando obtuve mediante las artes que me enseñó Salvatore. Para matar a alguien no es preciso que lo golpeemos personalmente: el diablo lo hace por nosotros… si sabemos cómo hacer para que nos obedezca-

Miraba a los presentes con aire de complicidad, riendo. Pero ya era la risa del demente, aunque, como me señaló más tarde Guillermo, ese demente hubiera tenido la cordura necesaria para arrastrar a Salvatore en la caída, y vengarse así de su delación.

Leído en Umberto Eco, El nombre de la Rosa, Quinto día, NONA, p. 554

La biblioteca y el laberinto

La biblioteca se construyó según un plano que ha permanecido oculto durante siglos, y que ninguno de los monjes está llamado a conocer. Sólo posee ese secreto el bibliotecario, que lo ha recibido del bibliotecario anterior, y que, a su vez, lo transmitirá a su ayudante, con suficiente antelación como para que la muerte no lo sorprenda y la comunidad no se vea privada de ese saber. Y los labios de ambos está sellados por el juramento de no divulgarlo. Sólo el bibliotecario, además de saber, está autorizado a moverse por el laberinto de los libros, sólo el sabe dónde encontrarlos y dónde guardarlos, sólo él es el responsable de su conservación. Los otros monjes trabajan en el escriptorium y pueden conocer la lista de los volúmenes que contiene la biblioteca. Pero una lista de títulos no suede decir demasiado: sólo el bibliotecario sabe, por la colocación del volumen, por su grado de inaccesibilidad, qué tipo de secretos, de verdades o mentiras encierra cada libro. […] Porque no todas las verdades son para todos los oídos, ni todas las mentiras pueden ser reconocidad por cualquier alma piadosa. […]

Los monstruos existen porque forman parte del plan divino, y hasta en las horribles facciones de los monstruos se revela el poder del Creador. Del mismo modo, el plan divino contempla la existencia de los libros de los magos, las cábalas de los judíos, las fábulas de los poetas paganos y las mentiras de los infieles. Quienes, durante siglos, han querido y sostenido esta abadía estaban firme y santamente persuadidos de que incluso en los libros que contienen mentiras el lector sagaz puede percibir un pálido resplandor de la sabiduría divina. Por eso, también hay esa clase de obras en la biblioteca. Pero, como comprenderéis, precisamente por eso cualquier no puede entrar en ella.

Leído en: Umberto Eco, “Primer día. TERCIA”, El nombre de la Rosa.

Historia de la fealdad

Umberto Eco - Historia de la fealdad

Entre demonios, locos, enemigos terribles y presencias perturbadoras, entre abismos repulsivos y deformidades que rozan lo sublime, navegando entre freaks y fantasmas, se descubre una vena iconográfica extraordinariamente amplia y a menudo insospechada.

Así que, tras haber contemplado a lo largo de estas páginas la fealdad natural, la fealdad espiritual, la asimetría, la falta de armonía y la deformidad, en un sucederse de lo mezquino, débil, vil, banal, casual, arbitrario, tosco, repugnante, desmañado, horrendo, insulso, vomitivo, criminal, espectral, hechicero, satánico, repelente, asqueroso, desagradable, grotesco, abominable, odioso, indecente, inmundo, sucio, obsceno, espantoso, abyecto, monstruoso, horripilante, vicioso, terrible, terrorífico, tremendo, repelente, repulsivo, desagradable, nauseabundo, fétido, innoble, desgraciado, lamentable e indecente, el primer editor extranjero que vio esta obra exclamó: «¡Qué hermosa es la fealdad!»

Amar lo feo

Victor hugo. El hombre que ríe. 1869

“A tu lado me siento degradada, ¡qué alegría! ¡Qué insipido es ser alteza! yo soy augusta, no hay nada más fatigoso. Degradarse descansa. Estoy tan saturada de respeto que necestio desprecio (…) Te amo no sólo porque eres deforme, sino porque eres abyecto. Amo al monstruo y amo al histrión. Un amante humillado, escarnecido, grotesco, horrible, expuesto a la risa en esa picota llamada teatro: todo eso tiene un sabor extraordinario. Es como morder el fruto del abismo. Un amante infamante ¡qué cosa más exquisita! Hundir los dientes en la manzana del infierno, no del paraíso: eso es lo que me tienta, esta es mi hambre y mi sed, y yo soy esta Eva. La Eva del infierno. Tú, probablemente sin saberlo, eres un demonio. Me he reservado para una máscara de sueño. Tú eres un títere cuyos hilos mueve un espectro. Tú eres la visión de la gran sonrisa infernal. Tú eres el señor que esperaba. (…) Gwynplaine, yo soy el trono, tú eres una tarima. Pongámonos al mismo nivel. ¡Ah! Soy feliz, ya estoy degradada. Me gustaría que todos pudiesen saber cuán abyecta soy. Se postrarían aún más, porque cuanto más aborrecen más se arrastran. El género humano es así. Hostil, pero rastrero. Dragón, pero gusano. Oh, soy depravada como los dioses (…) Tú no eres fe, eres deforme. Lo feo es pequeño, lo deforme es grande. Lo feo es la mueca del diablo a espaldas de lo bello. Lo deforme es el reverso de lo sublime (…)”. “Te amo”, exclamó la mujer. Y le mordió con un beso

Leído en: Historia de la fealdad, Humberto Eco